Alberto Rabilotta * - http://alainet.org/active/55227
Difícil imaginar el mundo actual y la sociedad creada por la “civilización capitalista”, con la enorme concentración de las poblaciones en los centros urbanos y en sus periferias, sin referirse al simultaneo poder “disolvente” y “aglutinador” del capitalismo industrial en sus dos siglos de existencia.
Disolvente porque desde su origen en Inglaterra, para imponerse como el sistema dominante, el capitalismo tuvo que destruir las antiguas formas de propiedad y de relaciones sociales que permitían el empleo y la subsistencia de la mayoritaria población rural, provocando así el éxodo de la población rural empobrecida que fue aglutinándose en los nacientes centros urbanos donde los recién creados talleres, fábricas, depósitos, comercios de exportaciones e importación, y la naciente burocracia necesitaban de una abundante mano de obra “libre”, asalariada, que podía ser libremente contratada y despedida. La acelerada urbanización en China es un ejemplo viviente de este doble proceso.
Pero ahora, en este “nuevo capitalismo” nacido de las políticas neoliberales, por el desempleo masivo y crónico entramos en un nuevo ciclo de “disolución social”, con todos los interrogantes que eso implica en términos económicos, sociales y políticos.
Un poco de actualidad
El diario Washington Post reporta (30-05-2012) que la proporción de estadounidenses entre los 25 y 45 años de edad que tienen un empleo es la más baja de los últimos 23 años anteriores a la recesión del 2008.
Las estadísticas no filtradas, que incluyen el desempleo crónico y el subempleo (1), muestran que el paro real en Estados Unidos (EE.UU.) es muchísimo más elevado que el 8.1 por ciento de las cifras oficiales.
En este contexto el gobierno de Washington, según el diario The New York Times (30-05-2012), cortará los pagos del seguro contra el desempleo a “cientos de miles de desempleados” a pesar del alargamiento hasta finales del 2012 que el Congreso había adoptado para ese subsidio. Los cesantes de larga duración, unas cinco millones de personas que están sin trabajo desde hace más de seis meses, serán los más afectados.
En España, donde la cesantía afecta a una cuarta parte de la población trabajadora y al 50 por ciento de la juventud, el gobierno conservador de Mariano Rajoy, según el diario británico The Guardian, sigue comprometido en “cortar el gasto para que el país siga perteneciendo a la zona euro”. En la Unión Europea (UE), nos recuerda el diario, hay más de 25 millones de personas aptas para el trabajo que están sin empleos, y otra decena de millones subempleadas.
La trituradora que se llama “flexibilidad laboral”
En este contexto no debe sorprendernos el rápido aumento de los suicidios por problemas económicos derivados de la pérdida del empleo, por el estrés en el empleo o por las bajas en los salarios y las pensiones. Esto se constata en muchos países de la UE, pero también en EE.UU.
La cuestión del desempleo y del subempleo constituye el mayor problema estructural del capitalismo en su fase actual. El “metabolismo” del sistema capitalista para sintetizar la riqueza extraída de la explotación del trabajo asalariado, la plusvalía, y sostener el ciclo de consumo que permita realizar esa plusvalía y garantizar la reproducción del sistema, ha dependido del equilibrio entre el empleo y el desempleo, y de los “estabilizadores” que durante las crisis económicas, los momentos de mayor desempleo, permitieron en el pasado compensar financieramente a los trabajadores cesanteados hasta el momento en que las economías se recuperaban y creaban empleos. Esto lo confirma un estudio de la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas (NEBR, en su sigla en inglés) de EE.UU. (2)
Todo esto tiene vastas consecuencias sociales y políticas, muchas de las cuales son ya perceptibles en el mundo del “capitalismo avanzado”.
La transnacionalización de las empresas, el libre comercio, el combate para minar los sindicatos de trabajadores y poder así bajar los salarios y “flexibilizar” el mercado laboral, la desregulación financiera, la privatización de las empresas estatales y el desmantelamiento de los programas sociales, o sea las políticas neoliberales implantadas desde hace tres décadas y con creciente rigor, junto a cambios en el modo de producción con la introducción de la automatización en las cadenas de producción y de la informática a nivel general, es el marco del gran problema estructural del empleo en el capitalismo avanzado.
En septiembre pasado el sociólogo estadounidense Richard Sennett, quien desde hace casi medio siglo viene estudiando la evolución del trabajo y del empleo, escribía en The Guardian que este “hecho depresivo” –el desempleo y el subempleo masivo- no es causa de la Gran Recesión del 2008, y que en efecto desde hace más de una generación la prosperidad financiera en Europa y Estados Unidos dejó de depender de una robusta fuerza laboral a nivel domestico porque lo que las transnacionales producen puede ser hecho a costos más bajos, y a veces con mejor calidad, “en otros lugares”. Los políticos de Washington nunca se interesaron en ver las consecuencias de la automatización.
En el 2011, recordaba Sennett, en Estados Unidos (EE.UU.) y Gran Bretaña el 14 por ciento de la fuerza laboral sufría el “subempleo involuntario”, o sea que las personas que perdieron un trabajo a tiempo completo se debían contentar con un empleo a tiempo parcial y con un salario más bajo. El impacto del subempleo se ve en el dramático decaimiento de la salud de esos trabajadores, añade el sociólogo.
Refiriéndose a esta “flexibilización” y después de haber revisitado a finales de los 90 a esos trabajadores de Boston que había estudiado a comienzos de los 70, Sennett (3) afirma que los trabajadores son obligados a comportarse con habilidad y abrirse a los cambios repentinos. Y añade que este énfasis en la flexibilidad cambia el sentido mismo del trabajo…Al atacar a la burocracia rígida (del pasado) y enfatizar el riesgo, dicen sus promotores, la flexibilidad da a la gente mayor libertad para conformar sus vidas. De hecho, el nuevo orden impone nuevos controles en lugar de abolir las reglas del pasado, pero esos nuevos controles son difíciles de entender. Muy seguido el nuevo capitalismo es un ilegible régimen de poder.
Según Sennett el cambio en la estructura institucional moderna fue acompañado por la imposición de empleos de corta duración, por contrato o episódicos. En lugar de las organizaciones en forma de pirámide, los ejecutivos quieren ahora pensar sus organizaciones en términos de redes…Esto significa que las promociones y despidos suelen no estar basadas en reglas claras y fijas, como tampoco lo están las tareas de trabajo secamente definidas; la red está constantemente redefiniendo su estructura… Las empresas se rompen o se fusionan, los empleos aparecen y desaparecen, como hechos que no se relacionan entre sí. La creación destructiva…necesita de personas que no teman las consecuencias de los cambios, o que ignoren lo que se les viene encima, escribe el sociólogo estadounidense.
Una prueba actual del estrés causado por los controles del “nuevo orden” a que se refiere Sennett es la encuesta de las firmas Sciforma y Zebaz en Francia (basada en mas de ocho mil entrevistas y publicada en Le Figaro del 31-05-2012), donde se confirma que quienes tienen trabajo se ven sometidos a un insoportable estrés: El 89 por ciento de los franceses afirman que trabajan en la urgencia y todos se quejan del impacto del estrés laboral sobre su vida privada. Agendas de trabajo excesivas, mayor estrés y siempre menos tiempo para ejecutar las tareas.
¿El retorno del “tribalismo”?
Escribiendo en The Times of Malta, el antropólogo Ranier Fsadni (4) se pregunta si la solidaridad, como principio de la organización social, tiene algún futuro en un mundo en que ser solidario no significa, en la práctica, más que una expresión de simpatía o buena voluntad, y no un compromiso con ciertas políticas o para la cooperación política, y recuerda que Sennett escribió que el nuevo orden económico está erosionando la capacidad misma de imaginar una real pertenencia a la sociedad, que la “sociedad moderna” nos desarticula, nos deshabilita para la práctica de la cooperación, que la gente está perdiendo sus habilidades para “tratar con las diferencias intratables” y con todas las capacidades de cooperación que son necesarias para que funcione una sociedad compleja. Y, por lo tanto, que el “tribalismo”, la solidaridad restringida a personas que “son como nosotros”, está vivo y se porta bien.
El antropólogo explica las tres condiciones que crearon el contexto de esta deshabilitación. La primera es la creciente desigualdad entre las clases sociales, entre ricos y pobres, que reduce el terreno común que puede ser compartido entre los diferentes miembros de la sociedad, incitando a las “políticas de la tribu”.
La segunda condición son los importantes cambios en el mundo del trabajo que “minan tanto el deseo como la voluntad de trabajar” con aquellos que difieren o son diferentes. La compartimentación de la división del trabajo provoca el “efecto silo”, y Fsadni elabora en las prácticas de la organización del trabajo en este mundo de contratos a tiempo limitado, y en un contexto en el cual –citando a Sennett-, se ve como “normal” que en EE.UU. del 15 al 18 por ciento de la fuerza laboral esté sin un empleo de tiempo completo por más de dos años, y que el desempleo afecte al 20-25 por ciento de los jóvenes.
La tercera condición es la “reacción violenta” o el contragolpe cultural a esta realidad, cuyos síntomas son los votos ganados por los partidos de extrema derecha, que proclaman solidaridad y proteccionismo, pero sólo para quienes tienen las condiciones para pertenecer a la “tribu”.
Y nuevamente cita a Sennett, para quien que la respuesta a esta “deshabilitación” ha sido el nacimiento de un nuevo tipo de carácter: un carácter dispuesto a minimizar las diferencias –políticas, étnicas, religiosas o eróticas- para proclamar que todos somos “básicamente lo mismo”. Pero que constituye una forma de abstenerse, de no comprometerse, y por lo tanto es algo problemático para aquellos cuya diferencia es evidente.
Refiriéndose al alto porcentaje de votos que en las ultimas elecciones presidenciales en Francia recibió el xenofóbico partido Frente Nacional de Marine Le Pen, Fsadni puntualiza que eso fue posible porque Le Pen no tuvo temor de plantear cuestiones fundamentales sobre la solidaridad y la desigualdad, y porque sus respuestas fueron “tribales”.
Los políticos europeos deberán tener el valor de plantear estas cuestiones, no sólo de manera retórica, sino dando respuestas complejas y realizables. De no ser así, para Fsadni, la cohesión social que es posible por la solidaridad perderá su “promesa de emancipación” y retornará a “sus connotaciones de unidad represiva”.
Muchos se preguntan si los partidos de la derecha, en muchos países europeos, podrán resistir a la tentación totalitaria, a ese tribalismo que representa la extrema derecha.
Pero no todo es tan sombrío como parece. En países europeos estamos asistiendo en el contexto de un gran descontento popular, particularmente de la juventud, al renacimiento o fortalecimiento de una izquierda radical organizada (los frentes y coaliciones de izquierda) con capacidad de movilización popular y de convocatoria electoral.
La Vèrdiere, Francia.
1.- Ver http://www.shadowstats.com/alternate_data/unemployment-charts
2.- Ver (NBER Working Paper No. 17830) en http://www.nber.org/
3.- Traducción libre de citas del libro The Corrosion of Character: The Personal Consequences of Work in the New Capitalism (1998) de Richard Sennett, que revisita la investigación en Boston a finales de los 60 y comienzos de los 70, tema del libro The Hidden Injuries of Class, Richard Sennett y Jonathon Cobb, 1972.
4.- Ranier Fsadni, The future of solidarity. 3 de mayo 2012 en The Times of Malta.
+ Alberto Rabilotta es periodista argentino - canadiense.

La decisión argentina de recuperar el control de la industria petrolera ha sido considerada una muestra de que América Latina está dispuesta a reconquistar sus derechos sobre la base de recursos naturales. Muchos ven en esto la señal de que los días del neoliberalismo están contados en la región.
Las groseras respuestas de Inglaterra y España a los gestos de soberanía e independencia de la Argentina con relación a Malvinas e YPF tienen una enorme carga simbólica. Hoy ex potencias imperiales y coloniales en decadencia, con graves problemas económicos y sociales, Inglaterra y España tuvieron sus días de esplendor a partir del siglo XV, cuando el proto-capitalismo apenas asomaba, tímidamente, en medio del viejo orden. El descubrimiento y colonización de América, la explotación de este continente en condiciones de genocidio, la piratería y el comercio de esclavos africanos instalaron la globalización y cimentaron el capitalismo. La historia de los recursos naturales, de su defensa, de su entrega, es la historia misma de América, de Colón a Repsol.
Cosas veredes. Mariano Rajoy, hombre tan representativo de la obstinación franquista, no ahorró insolencias ni amenazantes baladronadas dirigidas, más que al gobierno argentino, a aquellos que se sientan inclinados a reproducir su gesto de soberanía. De acuerdo con su modo de percibir los valores, se es tan denodado patriota cuando se defiende el interés de una empresa transnacional como cuando se decreta una draconiana medida de ajuste. En esta misma lógica, el hecho de que su rey distraiga momentáneamente la aflicción que le causa el empobrecimiento de los españoles en una cacería de elefantes, de ningún modo mancilla su grandeza, ni disminuye su calidad de máximo embajador y primer defensor de las causas hispanoamericanas ante el mundo. Con una filosofía aun más depurada, Felipe Calderón entiende que recuperar para un país la soberanía de sus recursos energéticos es un acto irracional y anacrónico. Lo que está en consonancia con el mundo actual, según su leal entender, es entregar la economía del país a la voracidad de las megaempresas, y lo racional es ponerse al frente de una guerra que no ha hecho sino fortalecer al enemigo en una siembra de muerte y desolación sin término durante el transcurso de la cual, como lo ha declarado él mismo, el crimen organizado fue duplicando, y a veces reemplazando, las funciones del Estado. Esto, por añadidura, en un país que celebra como una gran fiesta cívica cada aniversario de la nacionalización del petróleo decretada por el general Lázaro Cárdenas en 1938, impulsando una medida más radical que la hoy tomada por Cristina Fernández de Kirchner. Sin duda por esa afinidad intelectual, el gobierno español ha hecho pública la iniciativa de pedirle a Felipe Calderón que sea mediador en el conflicto creado entre España y la Argentina, habida cuenta de las buenas relaciones que el presidente de México mantendría con las autoridades de ambos países. En esta increíble lógica, nada obsta para que alguien actúe como si se hubiera mantenido en una posición equidistante de aquel a quien ha otorgado toda la razón y de aquella de la que ha dicho que no está “en sus cinco sentidos”. Cosas veredes.
Madrid (PL) Después del desempleo, y muy asociado a éste, los desahucios de viviendas se han convertido en el rostro más estremecedor de la crisis económica en España, disparando los índices de pobreza y de exclusión social. 

La crisis de la burbuja financiera inmobiliaria que implosionó Wall Street a fines de 2007 y comienzos de 2008, rápidamente fue desestimada por los “expertos” analistas del stablishment mundial. No era de extrañar, a fin de cuentas son los únicos que tienen derecho a plenar los espacios de opinión de los medios de propaganda capitalista con su ristra de sandeces.
Thomas R. Malthus (1766-1834) escribió en su momento que salvo que haya guerras, pestes, vicios el mejor control del crecimiento demográfico era el hambre.